El síndrome del impostor no se vence: se desarma
Hace mucho tiempo que convivo con el síndrome del impostor. Creo que incluso antes de que supiera que tenía un nombre, antes de que existieran las redes sociales, cuando era mucho más difícil comprender lo que nos sucedía internamente. En ese entonces no era un “síndrome” separado de mí; era yo misma, sintiéndome insuficiente en cualquier cosa que hiciera, sintiéndome inválida incluso cuando lograba ser la mejor. Era un sentimiento profundo, silencioso, que acompañaba cada logro con la sombra de la duda y la sensación de que yo siempre era menos de lo que debería ser.
Ha llovido mucho desde entonces y, con esfuerzo y trabajo, el agua se ha ido llevando esa versión de mí que no encontraba satisfacción en nada, ni siquiera en la perfección.
Con el tiempo y algunas terapias, he dejado de verlo como una parte de mí contra la que tenía que luchar, ya sea para erradicarla o para superarla y conseguir lo que me exigía, y he empezado a verlo como una herida que debo mirar, atender y cuidar para que cicatrice lo suficiente y no duela tanto cada vez que algo impacta contra ella.
He aprendido muchas cosas del síndrome del impostor. Y la primera es que no puedo combatir contra él y pretender ganarlo. No funciona pelearle con frases motivacionales, ni intentar encerrar emociones, ni forzarme mentalmente para callar esa voz que me hace daño. He comprendido que cualquier intento de “ganarle” por la fuerza es una batalla perdida.
La segunda cosa que he aprendido es que, mientras lo alimente, el impostor crece y gana poder sobre mí, sobre mi escritura, sobre mi creatividad, hasta el punto de paralizarme. Y su alimento es la duda, la lucha contra mí misma y el miedo. Es la herida abierta que sangra cada vez que creo que ni yo ni lo que hago tiene suficiente valor.
La tercera cosa que aprendí del impostor fue la más dura, pero también la más liberadora porque fue la que me ayudó a entender cómo mitigar su fuerza: realmente no soy tan buena ni lo hago tan bien como me gustaría.
Es así, sin adornos.
El síndrome del impostor se activa cuando queremos proyectar hacia los demás una versión de nosotras mismas mejor de lo que somos ahora. Por eso sentimos que somos impostoras: nuestra mente nos exige una excelencia que simplemente no existe. Y la ironía es brutal: puedes mejorar, puedes crecer, puedes recibir reconocimiento, éxito… y, aun así, aunque consigas llegar a esa versión mejor de ti, el impostor nunca deja de susurrar tras la oreja que todavía no eres suficiente porque todavía hay una versión mejor que lograr.
Con los años he comprendido que, mientras le dé validez a esa voz, siempre tendrá razón.
Nunca llegaré a ser “la que debería ser”, porque siempre habrá una Arya mejor que alcanzar, una Arya que cometerá errores y otra Arya que no gustará. Nunca estaré satisfecha con quien soy ahora si acepto perseguir el ideal que quiere alcanzar mi impostora. Es un círculo vicioso del que parece imposible salir… a menos que cambiemos de perspectiva.
Y esta es la clave para quitarle fuerza. El síndrome del impostor no se puede combatir usando sus propias armas. No puedes enfrentarlo en el terreno que conoce mejor: tus miedos, tus debilidades, tu necesidad de aprobación externa. Porque el impostor conoce todos nuestros puntos débiles y se alimenta de ellos.
Lo primero que debemos comprender es que el síndrome del impostor no es más que una estructura mental, un patrón de pensamiento que se activa cada vez que exponemos nuestro trabajo, nuestras ideas, nuestra creatividad. Su función —aunque dolorosa— es protegernos de algo que nos aterra: no ser aprobadas. Mientras sigamos creyendo que nuestro valor depende de cumplir con expectativas externas, de demostrar capacidad, talento o habilidades al nivel que otros esperan —lectores, editores, familiares, incluso personas que nos hicieron daño en el pasado—, el impostor nos perseguirá.
Sus armas son claras: la necesidad de demostrar que merecemos aprobación y la espera de esa validación que creemos que recibiremos si cumplimos con las expectativas. Si fallamos en esto, según él, no somos suficientes.
Pero hay una forma de desarmarlo. No se trata de luchar contra él, sino de trabajar en algo que sí está bajo nuestro control: el MERECER.
Esta es nuestra arma secreta. La que desarticula el relato del impostor: incluso siendo imperfectas, incluso fallando, incluso si no alcanzamos las expectativas de los demás, merecemos nuestro espacio creativo. MERECEMOS que nuestras historias sean contadas. MERECEMOS que nuestras historias sean leídas. MERECEMOS que haya personas que las disfruten, aunque otras no las valoren como nos gustaría.
MERECEMOS seguir escribiendo, aunque nos equivoquemos. Aunque recibamos críticas duras o reseñas destructivas de personas que han perdido la capacidad de empatía o se ofenden cuando un libro no les gusta, como si fuera nuestra obligación satisfacer al mundo entero.
MERECEMOS seguir escribiendo porque solo así podemos aprender de nuestros errores, mejorar y crecer. Porque este es el único camino para perfeccionar nuestro arte: fallar, aprender, seguir escribiendo y hacerlo cada día un poco mejor.
Y atención: no lo merecemos por ser las mejores ni por tener un talento extraordinario. No. Lo merecemos simplemente porque queremos hacerlo, porque es lo que amamos, porque forma parte de nuestra vida y somos nosotras mismas quienes le damos valor.
El síndrome del impostor se atenúa cuando aceptamos nuestra verdadera vulnerabilidad: reconocer que no sabemos tanto ni hacemos todo tan bien como nuestra mente nos exige.
Pero para conseguir esto debemos entender que esa exigencia es solo una proyección, una fantasía de una versión de nosotras mismas que nunca existirá. Porque cuando logremos más, esa voz exigirá todavía más. A menos que digamos basta y cambiemos nuestro patrón mental.
Puede que todavía no sea la escritora que quiero ser, pero MEREZCO escribir. MEREZCO ser leída. MEREZCO que la gente disfrute de mis historias. Y, sobre todo, MEREZCO gozar de hacer lo que amo, aceptando mi capacidad y talento actual.
Esta es la única manera de dejar fuera de juego al impostor: aceptar lo que se nos da bien ahora y también lo que aún nos falta por aprender, y seguir mejorando sin exigirnos estar a la altura de una versión irreal de nosotras mismas.
Sé que no es fácil. Requiere destruir la imagen de escritora idealizada con la que nos comparamos. Pero es la única manera de desarticular al maldito impostor. Ya no necesitamos ser mejores cuando aceptamos que quienes somos ahora es nuestra realidad y es la versión de nosotras que merece escribir y disfrutarlo.
¿Y sabes un secreto? Este camino nunca termina.
No hay versión final a la que llegar. Solo hay versiones nuevas, mejoras constantes, errores que se seguirán cometiendo, talentos que se seguirán afinando y aprendizajes que aún faltan por descubrir.
Escribir significa explorar lo desconocido, moverse por lugares nuevos que nunca hemos visitado, asumir riesgos que nos sacan de nuestra zona de confort narrativa. Es abrazar la incertidumbre y aceptar que podemos fallar, pero aun así MERECEMOS intentarlo.
Solo quienes se atreven, se equivocan, aprenden y avanzan recorren verdaderamente el camino. Solo ellos llegan a lugares maravillosos que nunca imaginaron. Y ahí, en la vulnerabilidad, en la aceptación de la imperfección, es donde nos descubrimos de nuevo a nosotras mismas: una nueva versión de quien somos, más auténtica, más cercana a nuestra esencia.
Ahora es el momento, el único que cuenta, y el único en el que podemos elegir dejar de perseguir esa versión imposible e irreal y aceptar que no necesitamos ser perfectas para merecer contar nuestras historias.
